Hace unos días vi en televisión El Médico, de Noah Gordon, la película basada en la conocida novela del autor estadounidense. La adaptación está muy bien, aunque, como suele ocurrir, no consigue reflejar todo lo que aparece en el libro. Para ello habría hecho falta, al menos, una serie de varias decenas de capítulos.
La medicina a través de los ojos de «El Médico», de Noah Gordon
Para quienes no conozcan El Médico, de Noah Gordon, la historia comienza en la Inglaterra de la Edad Media, una época especialmente oscura para la medicina en Europa. Mientras tanto, en los países árabes, las ciencias vivían un momento de gran desarrollo.
El Médico, de Noah Gordon narra la vida de Robert Cole, un niño que, tras ver morir a su madre de apendicitis, entra a trabajar como aprendiz de un barbero ambulante. En aquella época, los barberos eran quienes ejercían funciones médicas de forma rudimentaria.
Tiempo después, el barbero comienza a perder la vista por cataratas. Cuando esta enfermedad suponía prácticamente una condena a la ceguera, encuentran a un médico judío capaz de curarle. Fascinado, Robert Cole le pregunta dónde aprendió medicina. La respuesta es clara: con Ibn Sina, conocido en español como Avicena, considerado el mejor médico de su tiempo y establecido en Ispahán, en Persia.
Tras un largo viaje lleno de aventuras, Robert llega a Ispahán y consigue ser aceptado en la escuela de Ibn Sina. Es allí donde El Médico, de Noah Gordon muestra uno de sus episodios más impactantes: una epidemia de peste bubónica que asola la ciudad.
La película refleja el aspecto de los pacientes afectados, con los característicos bubones negros en ingles, axilas y cuello, consecuencia de la inflamación de los ganglios linfáticos. Uno tras otro, los enfermos van falleciendo. En aquella época no existía tratamiento para esta enfermedad. Albert Schatz, descubridor de la estreptomicina en 1943, uno de los antibióticos eficaces contra la peste, todavía no había nacido.
Todo ello invita a reflexionar sobre cómo determinados descubrimientos han cambiado el destino de la humanidad. Las vacunas y los antibióticos son dos ejemplos evidentes.
Algunas cifras ayudan a ponerlo en contexto: la peste bubónica provocó la muerte de aproximadamente 75 millones de personas durante la Edad Media, mientras que la viruela, considerada la epidemia más devastadora de la historia, acabó con la vida de más de 300 millones de personas.
Y, sin embargo, todavía hay quien reniega de las vacunas.
¿Ficción o realidad?
Cuando uno piensa en la cantidad de muertes que provocaron las enfermedades infecciosas y en lo sencillo que resulta evitarlas hoy gracias a las vacunas y los antibióticos, comprende la magnitud de estos avances. Edward Jenner desarrolló la primera vacuna, la de la viruela, en 1796. Alexander Fleming descubrió la penicilina en 1928.
El Médico, de Noah Gordon nos recuerda hasta qué punto la medicina ha transformado nuestra sociedad. Pero surge una pregunta inevitable: ¿ha vivido la cirugía, y más concretamente la cirugía plástica, algún avance capaz de cambiar también el rumbo de la humanidad?
Eso lo veremos próximamente.





